
“No sé qué le ocurre a Adán. Lleva un tiempo obsesionado con la idea del Demonio...yo no sé quién es ese Demonio y él tampoco se aclara.
La culpa la tiene ese ángel que apareció de pronto en el cielo...un volátil, que daba vueltas sobre nosotros con las alas desplegadas, como un aguilón, gritando: “¡Debéis temer al Diablo-Demonio que anida en cada criatura disfrazado de hermosura! ¡Cuando lo veáis, arrojadlo de inmediato al infierno para su castigo!”
Y vum, vum, ¡allá que se fue! ¡Desaparecido!
Y yo pregunto: ¿os parecen maneras de dar un mensaje? Vuelve, pajarraco...espera un momento, ¿no? ¡Y explícate!
Por la bronca del ángel mi pobre Adán quedó trastornado, y me gritaba:
“¡Eva! ¡Eva!...¿quién es ese Diablo-Demonio?”
“Adán, no me grites, que estamos solos en el mundo y no estoy sorda. Debe ser alguien que está contra Yahvé Dios”
“¿Y dónde está , Eva?”
“Dice que anida en cada criatura disfrazado de hermosura...”
“Entonces, Eva, también puede anidar en mí”, me dice.
“Bueno”, le digo para que se tranquilice, “entonces también puede esconderse dentro de mí...”
“Sí, Eva, es más fácil que esté dentro de ti ese Diablo-Demonio, disfrazado de hermosura...”
¡Yo! ¡Yo podía se el Demonio disfrazado de hermosura! ¡Me sentí enrojecer tanto que casi me desmayé!
¡Hermosa! ¡Me ve hermosa!
Me dieron ganas de abrazarle. De echarme a su cuello gritando: “Sí, yo soy el hermoso Diablo-Demonio...¡y te arrastraré al infierno!”
¿El infierno? ¿Qué es eso del infierno? Un lugar. Pero ¿qué lugar? Tal vez un barranco, una prisión donde hay que encerrar a ese Diablo para darle castigo.
¡Yahvé Dios, la que había liado el pajarraco! El bobo de mi Adán ahora veía al Demonio en todas partes
Y la tomó conmigo. Me echó de la cueva. “¡Fuera!”, gritaba, “¡Vete fuera!”
“¿Pero qué te pasa?” Estábamos jugando como dos chiquillos, revolcándonos abrazados en la hierba, y al levantarme en brazos me soltó de golpe, alejándome. “¿Te has vuelto loco?”
“Vete a tu infierno”, grita, y se encierra en la cueva, tapando la entrada con la cerca. Traté de entrar, le supliqué. ¡Nada! Se había atrincherado.
“Adán, no me dejas sola... no soy el diablo, ¡Te lo juro! Se está haciendo de noche, Adán, y no quiero dormir sola. ¡Tengo miedo!”
Nada, no me contestó nada.
Me acurruqué fuera. Esperé...sentí algo que me apretaba aquí, en la garganta.
“¿Qué es?”
El “dolor”...es la primera vez que siento “el dolor”
Intento llorar un poco, por si me sirve de consuelo. No me sale ni una lágrima, y siento una pena sorda que me parte el corazón.
Se va la luna...la noche oscurece...ya no se ven las estrellas...Un súbito zig-zag de relámpagos surca el cielo...¡Un estruendo! Y llueve, llueve a cántaros...estoy tan desesperada que no me importa correr en busca de refugio.
Más relámpagos. Caen trozos de hielo. ¿Qué será? Empiezo a temblar de frío. No siento las manos...las piernas. Me quejo...”Ohooo” me quejo.
La cerca se mueve.
¡Por fin se ha decidido!
Se asoma el hombre.
Me siento mal...me levanta en brazos...me lleva a la guarida...me frota con hojas...me frota por todas partes. Me llama: “Eva”...no puedo contestar. Tengo la lengua entumecida. Me llama gritando: “¡Eva! ¡Eva!” ¡Qué bonito es mi nombre en su boca!
Me abraza, trastornado. Me aprieta. Me sopla su aliento en la cara...me la lame. Llora.
¡El hombre llora!
Poco a poco vuelvo a sentir un poco de calor. Consigo mover con esfuerzo los dedos y los brazos. Yo también le abrazo.
Siento una cosa que se clava en mi vientre...
“¡Yahvé Dios! ¿Qué es? ¡Un ser vivo?”
Adán se separa apenas: “No sé”, responde azarado, “también me ocurrió el otro día al levantarte en brazos, cuando jugábamos. ¡Por eso te eché!”
“¿Y por qué? ¿Qué tengo yo que ver con ese apéndice tuyo que se pone tan travieso y sale hacia fuera?”
“Pero sólo sale cuando te acercas...sobre todo si te ríes...y también por tu olor.”
“¿Siente curiosidad por las risas y el olor? ¿No será un mal, una dolencia? No sé...¿cómo un bubón risueño?”
“No, no me duele, ¡todo lo contrario! Pero me turba...me provoca mucho calor, hasta en la cabeza.”
“¿Calor en la cabeza? Entonces no es cosa natural. ¿Crees que anda por medio el demonio?”
“Sí, creo que sí, Eva...creo que es mismísimo Demonio en persona...¡disfrazado de hermosura!”
“Bueno, no exageres, no veo yo tanta hermosura...¡Ni siquiera tiene ojos!”
“¡Está claro que el Diablo es ciego!”
“Entonces, ¿por qué se pone tan contento, si no me ve?”
“Será que el amor es ciego!”
“¿El amor? ¿De dónde te sacas esa palabra, “el amor”, que no había oído antes?”
“No sé, me ha salido sola...de pronto, de los labios...cuando siento estas ganas locas de abrazarte...de estrujarte a revolcones. Me sale gritarte:¡Amor!”
“A mí también...siento la misma calentura, ¿probamos otro revolcón?”
Y así volvimos a abrazarnos, enredándonos en juegos y caricias.
“Ya está otra vez ese demonio empujando...¿Dónde quiere meterse?”
“Déjale, Eva...quiero saber hacia dónde se encamina...”
“¡Yahvé Dios! Quiere meterse aquí abajo...y empuja...Me falta el aliento...”
“No quiero ofenderte”, jadea con esfuerzo Adán, “pero juraría que dentro de ti se esconde el infierno...”
Palidezco.
“Y yo creo Adán que sé dónde está ese lugar...¡pues siento ahí el fuego del infierno!”
“Debemos obedecer al ángel de Yahvé Dios que nos dijo: “¡Cuando veáis al demonio, arrojadlo de inmediato al infierno para su castigo!” ¡Pues castiguemos a ese diablote malvado, castiguémoslo!”
Fuera, el cielo estalla en relámpagos...ráfagas de viento azotan con violencia los árboles, que al igual que nosotros se abrazan suspirando...el agua rebulle hasta el mar. Incluso los animales callan.
Sólo nosotros gemimos, casi maullando.
¡Yahvé Dios! Como el Diablo de Adán encuentre tanto júbilo como yo con mi infierno...¡se volverá loco!
Me embarullo toda...jamás podré explicaros el zarandeo...el revoloteo...el retozo...el regocijo...
¡Qué idea la tuya, Yahvé Dios, de imponer a Adán el Demonio, y a mí el profundo infierno! Qué pedazo de milagro has hecho señor...¡Eres el Sumo Hacedor, el Gran arquitecto!¡Aleluya, aleluya! ¡Y amén!